ESTRENO: 26 de Septiembre del 2015, Centro Federico García Lorca, Granada.

Evaporarse, desvanecerse, eclipsarse, El Público no solo es una de las últimas obras dramáticas de Federico García Lorca sino que es un continuo discurrir por los umbrales de la desaparición. Puertas, biombos, sepulcros y paredes engullen, resucitan o transforman a los personajes. También es considerada la obra con la que Lorca sale del armario y la obra que deja sin estrenar antes de cruzar el umbral de la muerte.

Por mi parte, quisiera evocar el texto lorquiano para hacer desaparecer al público. Con un dispositivo similar al que usamos para Numax-Fagor-plus, nos desplazaremos a Granada para cruzar el umbral que nos separa de los demás. No se trata de recrear un escenario fusional como el del cuarto oscuro sino de desaparecer, como lo hacen los personajes que encarnan al Público en la obra de Lorca, desaparecer convertidos en caballos.

DELIRANTES GRITOS DE ENTUSIASMO

En 1936 La Barraca de García-Lorca dio sus últimas representaciones en Sabadell, Barcelona y Terrassa. Lorca apenas andaba ya con la compañía, aunque 5 años antes, cuando ésta había echado a andar, era su proyecto más querido: un grupo de estudiantes –hombres y mujeres– en mono de trabajo y sin sueldo alguno se echaba a la carretera para actuar en los pueblos más recónditos, en escenarios autoconstruidos y con un repertorio de teatro clásico español. En youtube hay 2:37 minutos de imágenes al final de las cuales Lorca interpreta a La Sombra de La vida es sueño de Calderón.

¿Cómo debía ser una representación de La Barraca? Actores no profesionales en un decorado que muchas veces está al aire libre sin más iluminación que la del sol. Todo se monta ante los ojos del público que probablemente ayuda a descargar la furgoneta, los actores se disfrazan ante la mirada curiosa de los niños, nadie ha pagado por ver el espectáculo.

Recrear hoy uno de esos montajes, no los de Barcelona, Sabadell o Terrassa, que se representaron en teatros convencionales frente a un público que ya conocía bien a Lorca, sino una de esas representaciones en un pueblo recóndito es una empresa difícil. No hay que olvidar lo más importante: aquellas funciones eran un acontecimiento que sobrepasaba lo teatral. Remontar una de esas piezas implica no limitarse a la obra sino demorarse en el montaje de los decorados, el maquillaje de los actores, aprovechar para maquillar a algún que otro espectador, recitar los versos y luego desmontarlo todo, comentar los versos, volver a la carretera. ¿Cómo remontar aquellas piezas sin tener en cuenta el acto político que significaba en los inicios de La Segunda República enviar a una compañía a hacer teatro en un país con un 65% de analfabetismo? Al mismo tiempo que se iniciaban las Misiones Pedagógicas con las que, entre otros programas, se organizó el Museo del Pueblo que consistía en cargar camiones con copias de las grandes obras de El Prado y exponerlas en los pueblos durante unos pocos días.

“Somos una escuela ambulante que quiere ir de pueblo en pueblo. Pero una escuela donde no hay libros de matrícula, donde no hay que aprender con lágrimas, donde no se pondrá a nadie de rodillas como en otro tiempo. Porque el gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho que vengamos, ante todo, a las aldeas, a las más pobres, a las más escondidas y abandonadas, y que vengamos a enseñaros algo, algo que no sabéis por estar siempre tan solos y tan lejos de donde otros lo aprenden, y porque nadie hasta ahora ha venido a enseñároslo; pero que vengamos también, y lo primero, a divertiros”. (Manuel Bartolomé Cossio, diciembre de 1931, Wikipedia)

En 1999, Peter Watkins se encierra en los locales de ensayo de la compañía teatral de Armand Gatti junto con un centenar de actores aficionados y filma La commune, una película en la que se recrean los acontecimientos de la Comuna de París de 1871, también disponible en Youtube. En esta película, la relación del equipo de filmación y la de los actores filmados es indisociable. Como si se tratara de un reportaje televisivo rodado en 1871, los actores se dirigen a cámara y explican las razones de su levantamiento. Todo ocurre sin salir de los locales de ensayo como años más tarde haría Lars von Trier en Dogville. Y no solo eso, sino que los actores comparan la situación de los personajes que interpretan con la suya propia. Por eso los actores no son profesionales de la interpretación sino representantes de las clases trabajadoras a las que dan voz y cuerpo en la película.

Tal y como imagino las funciones de La Barraca, Peter Watkins filma La Commune. No se ocultan las leyes de dependencia que anudan la ficción y la realidad. En el pueblo perdido en el que actuaba La Barraca se construía la ficción de un teatro y la ficción de un público.  No era lo uno sin lo otro. Y era precisamente gracias a la conciencia que tenían todos de estar actuando un papel que no les pertenecía –los actores aficionados hacían como si fueran verdaderos actores y los espectadores analfabetos hacían como si fueran público–, era jugando a este juego de roles como tomaban conciencia de la dimensión ficcional de la realidad misma. Era autorizándose a jugar como la realidad se volvía irreal o, en palabras de Adorno, la irrealidad del juego denunciaba que lo real no lo era aún.

A principios del 36, Lorca había hablado de un proyecto en el que “intervenía el público y una muchedumbre revolucionaria tomaba el teatro por asalto”. ¿Lorca hubiera escrito El Público o esta pieza de la que no queda mas que el reparto, sin la experiencia de La Barraca?

…según un bien informado “rumor” publicado por Heraldo de Madrid, Lorca está terminando el segundo acto de una obra “ultramoderna” en la cual maneja “los más audaces procedimientos y sistemas teatrales”. Se trata, cabe presumirlo, de la revolucionaria obra cuyo primer acto ya conoce Margarita Xirgu. Al poeta, de acuerdo con el “rumor”, le habría gustado titularla La vida es sueño pero, desgraciadamente, Calderón de la Barca se le ha adelantado. En cualquier caso, Lorca ha dado a entender que el título será bastante parecido. Y así es: unos meses más tarde el poeta anunciará que ha decidido llamarla El sueño de la vida. Cuando el poeta lee el primer acto a Pablo Suero, el argentino se queda estupefacto. En su opinión, se coloca muy por delante de las creaciones de los dramaturgos expresionistas alemanes Georg Kaiser y Ernst Toller. “Le dije a Federico –recordará Suero este mismo año– que nos situaba con esta obra frente a un teatro nuevo, que confundía escenario, público y calle” (p.504, Vida, pasión y muerte de Federico García-Lorca 1898-1936, Ian Gibson, 1997).

“Confundir escenario, público y calle” es lo que hace Peter Watkins en La Commune o Ariane Mnouchkine y su compañía cuando, en 1970, recrean la Revolución Francesa en 1789. Otra vez trabajo comunitario y una representación en la que se confunden espectadores y actores. Otra vez la rememoración de acontecimientos en los que se suspende el orden establecido. Lo que siempre ocurre en el teatro y que solo ocasionalmente ocurre en la realidad. La Barraca giraba también con Fuenteovejuna, otra obra en la que se rememora una revuelta. Que el teatro se empecine a rememorar momentos en los que la realidad se salió del guión no deja de ser paradójico. Es como si el teatro deseara ser traicionado por sus propios actores, que éstos a su vez se salieran del guión y construyeran así el espectáculo inimaginable y por tanto el mejor de los espectáculos. Y, de alguna manera, tanto La commune, como 1789 o el Fuenteovejuna de los barracos son fieles a ese perverso deseo. Por un lado estarán los actores inexpertos o fragilizados gracias a distintas estrategias y, por el otro, el público al que se le da suficiente libertad como para que tome decisiones y conduzca el espectáculo hacia horizontes que la compañía no ha imaginado.

El teatro siente fascinación por estos momentos históricos en los que el ciudadano decide emanciparse y subirse al escenario de la política. ¿Por qué interesarse por las únicas actuaciones que no son teatrales? ¿Por qué interesarse precisamente por los actos y discursos que estuvieron fuera de guión al que nos tiene acostumbrados la vida cotidiana? El teatro pretende convertir en repetible lo que se dio como un acontecimiento irrepetible. Lo nuevo no es imaginable si no es a través de la repetición. El teatro traiciona a la realidad convirtiendo en actos teatrales los únicos actos que no lo son, los actos sobre los que, por no ser teatrales y por tanto repetidos, se asienta la esperanza de todo cambio. Y es precisamente repitiéndolos como el cambio se convierte en costumbre y se afianza.

IMÁGENES: (1) Fotografía de Federico García Lorca en el personaje de La Sombra en La Vida es Sueño de Calderón de la Barca. (2) Boceto de Alberto para el telón de fondo de La romería de los cornudos. Acuarela 65 x 51 cm. (3) La Barraca, descargando la escenografía de La vida es sueño. (4) Público de La Barraca. Imágenes cedidas por la Fundación García Lorca.