1975. Recorte de prensa.

El próximo 18 de Febrero y hasta el 6 de Marzo reunimos a los mejores actores del país –cada día 6 actores y actrices diferentes– para que hagan su particular versión del clásico de Guimerà. Para conseguirlo, echan mano tanto de las escenificaciones más icónicas, como de las innumerables versiones más o menos amateurs que se multiplicaron en teatro y cine desde el estreno del texto en 1896.

 1937. CNT y FAI recogen fondos para las milicias.

PROGRAMA DE MANO, por Pedro Granero.

En 1896 se estrena en Madrid el que será el gran clásico del teatro catalán. Terra Baixa es hija de una época convulsa donde las pulsiones románticas nacidas del trauma de la industrialización y la modernidad convierten en un éxito esta versión catalana del buen salvaje de Rousseau. Este mito hará corear “mort al llop” a los obreros de los ateneos anarquistas que en su movilización conquistarán la jornada de 40 horas.

Lejos de ver su ocaso, en el amanecer del Siglo XX, Terra Baixa acompañará a este siglo y en 1954 será versionada por Leni Riefensthal, cineasta del Tercer Reich, convirtiendo a reclusos gitanos de los campos de concentración en actores improvisados.

En 1975, Josep Montanyés y Fabià Puigserver recogen el guante de Piscator y realizan la que, para una parte de la crítica, es “uno de los mayores disparates cometidos en el teatro catalán”. En esa versión la “terra alta” es el cielo tomado por asalto de las manos del Capital.

Casi veinte años más tarde, en la Barcelona preolímpica que se prepara para abrirse al mundo y modernizarse, Fabià Puigserver realiza su versión más emblemática que, sin embargo, reivindica el acento local del drama y en la que ya no hay rastro de las aspiraciones proletarias del teatro anarquista o del teatro engagé de la transición.

Hoy, en 2022, Roger Bernat vuelve a esa versión del texto de Guimerà, a escasos seis meses de que el Boletín Oficial del Estado haya prohibido definitivamente la caza del lobo.

 1990. Portada del guión usado por Fabià Puigserver.

FRAGANCIAS DE TERRA BAIXA
Carta de Roberto Fratini a Roger Bernat.

1.

He descubierto –soy probablemente el último– que en Montjuïc (esa altura mediocre a la que los barceloneses llaman pertinazmente “montanya”) hay una estatua del pastor Manelic. Montjuïc –extrarradio barraquista antes, y después teatro de todas las ínfulas autoestéticas de la ciudad, de la Exposición del 29 a las Olimpiadas del 92– es a las fantasías urbanísticas barcelonesas lo que la Terra Alta de Manelic (con sus lobos, sus aguas cristalinas, sus pastorcitos pánicos, su lengua troglo áulica y totalmente artificial) es a la Terra Baixa de la pieza: un cronótopo arcádico performático; o el emblema de cierta tendencia, muy característica de las instituciones catalanas, de inscribir el proyecto de la ultra modernidad en un nutrido repertorio de nostalgias campestres.
El decorado de Puigserver, con las rampas colgantes, es casi una profecía de esa síntesis mínimal montañesa que plasmaría las formas aerodinámicas y biomecánicas de los mamotretos olímpicos (y una profecía light del calatravismo que arrasaría en las décadas siguientes).
Barcelona, puta del capital, se pone guapa para celebrar un matrimonio de fachada con la ruralidad, y termina creyéndose esta impostura sentimental. Terra Baixa, que es en sí una alegoría premeditada de la relación tormentosa entre dinero y amor (donde el amor triunfa únicamente al precio de poetizar el dinero –como Manelic ofreciendo a Marta el tessoro de los cuatro duros guardados en una gamuza), termina siendo una alegoría involuntaria de la maniobra que permitió a esta ciudad zambullirse en una era de imposturas rentables bien agarrada a las garantías de pureza de su pasión por el campo y el Pirineo. Yéndose con Manelic al monte más a mano. El síndrome geopoético de la ciudad mentirosa.

2.

Curiosamente Terra Baixa se estrenó en Madrid antes que en Tortosa, y en castellano antes que en catalán. Y curiosamente, los críticos de la primera hora la juzgaron anticuada, demasiado romántica, o demasiado simbolista. La polémica contra el caciquismo rural desprendía un irresistible tufillo a veleidad simbolista. El protagonista de esta obra maestra del realismo es de hecho uno de los personajes menos creíbles de la historia del teatro. El loco que finalmente mata al lobo (proeza que, desde luego, le hizo ganar su primera peseta) es a la vez un mitema básico; un mitema, de hecho, tan imperativamente apolítico, que su esencia no puede sino ser política.

3.

Entre el griterío de los actores, la acústica de la sala y mi catalán elemental, me perdí un buen 40% de la letra de la grabación televisiva del montaje de Puigserver. Y de pronto me pregunté qué consecuencias tendría imaginar que, a 30 años de su estreno, el único Terra Baixa del que dispongamos, el único texto para inscribir en un mecanismo de reviviscencia y efervescencia fuera esta grabación televisiva. Si el grammelot en el que las condiciones de la grabación y la ignorancia subjetiva convierten una parte del texto no es una buena transcripción del tipo de “color local” (un tinte, una atmósfera, una sonoridad, una Stimmung, una acústica del alma catalana) que, a través de este montaje, se intentó asociar indefectiblemente al proyecto de modernización acelerada del Teatre Lliure en particular y de la Barcelona olímpica en general.

4.

Había intuido que fuera tu intención volver a Numancia. Por eso, me he preguntado durante días en qué, exactamente, este proyecto podía superar el paradigma poético de Númax-Fagor-plus: si Númax nos hacía heredes muy imperfectos de una lucha y de sus autoficciones, ¿de qué lucha, y de qué autoficciones nos haría ejecutores testamentarios este Terra Baixa Reloaded? (Ejecutor testamentario es, de paso, una definición bastante idónea de los quehaceres actorales). Si había una promesa de verdad en la mala prestación interpretativa de los obreros de Númax-Fagor-plus, ¿no habrá una garantía reconfortante de mentira en la buena prestación de toda una compañía y de todo un público celebrando la liturgia de su teatro clásico en la fase naciente de la nueva Renaixença turístico-empresarial? ¿Y no será oportuno mirar a esta liturgia con los ojos de sus destinatarios más implícitos, turistas, extranjeros, inversores y televidentes de hoy?

1975. Presupuesto de la escenografía de Fabià Puigserver para su primera versión de Terra Baixa.

 

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